La consigna era escribir un relato breve que incluyera, disimuladas a lo largo del texto, las siguientes informaciones sobre los personajes:» Jorge García, 43 años. Empleado de comercio. Recién divorciado. Es un gran lector de novelas policiales. Hoy almorzó empanadas. Quiere comprarse un auto.» Rosa Márquez, 25 años. Actriz desempleada. Trabaja como moza en un bar nocturno. Es celíaca. Su novio la engaña, ella no se da cuenta. Su familia vive en Trenque Lauquen. Recibe una carta.» Celia de Cristóforis, 69 años. Maestra jubilada. Adicta a la televisión y al cigarrillo. Está distanciada de su hijo hace diez años. Ve un crimen.
La enfermedad de Rosa y la profesión de Celia no las incluí porque me pareció que quedaban muy "descolgadas" en el relato.
—Hola, ¿Jorge? —dijo la voz al otro lado del teléfono, y Jorge tardó unos segundos en responder. Hacía diez años que no escuchaba a su madre.
—¿Mamá? ¿Qué pasó? —preguntó Jorge, y en un instante pensó en todas las desgracias posibles. Luego de tanto tiempo, un llamado inesperado de doña Celia no podía ser porque sí. Algo había pasado.
Algo había pasado, claro.
—Es que... no te puedo explicar por teléfono... No sé... Mirá, Jorge, si te llamo es porque... ¿Podés venir a casa?
Jorge terminó las empanadas de jamón y queso que había comprado en la rotisería del barrio (desde que Ana se fue, la rotisería ganó un cliente de todos los días), dejó los clasificados sobre la mesa y se tomó un taxi hasta el departamento de La Boca que no visitaba hacía tanto tiempo.
La voz de su madre anunciaba algo grave. No sólo el hecho de haberlo llamado, después de tan largo y obstinado silencio. Era la voz, temblorosa, asustada. Cáncer, pensó, y la culpa por todos esos años lejos de ella lo invadió sin piedad.
Cuando llegó al cuarto piso, ella abrió la puerta antes de que él llegara a tocar el timbre. Estaba en camisón, con el cigarrillo entre los dedos. Al entrar, vio el cenicero lleno. Doña Celia se quedó ahí parada, mirándolo, queriendo articular palabras.
—Mamá —dijo Jorge— ¿Qué pasó? —y pensó que, quizás, hubiera sido mejor comenzar con «¿Cómo estás?», darle un abrazo. Pero eran duros, los dos. Siempre fueron así, y sobre todo desde que pasó lo que pasó con Ana.
«Algo de razón tenía la vieja», pensó Jorge.
Doña Celia encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior, y la mano le temblaba como si tuviese Parkinson. Se sentó, tomó el control remoto de la mesa y apagó el televisor, que aturdía. Jorge agarró una silla, la acercó a la mesa y tomó asiento también.
Doña Celia, que acababa de sentarse, se paró nuevamente.
—¿Querés un café? —preguntó.
Jorge quería, pero estaba ansioso por saber por qué lo había llamado su madre, con esa urgencia inesperada, después de tanto tiempo sin dirigirse la palabra.
—No, no... Explicame qué pasó.
Ella dijo que igualmente iba a prepararse un café, insistió en hacerle uno y claro, a la vieja no se le podía decir que no a algo. Fue hacia la cocina, mientras Jorge recorría el comedor con la mirada, buscando cosas que hubieran cambiado de lugar, señales del tiempo que había pasado. El televisor era nuevo. El mantel seguía tan sucio como siempre. Los cigarrillos eran light. La biblioteca ya no alcanzaba y había libros apilados en diferentes lugares.
—¿Cómo está Ana? —preguntó su madre mirando hacia otro lado, mientras llegaba con las dos tazas, las mismas de siempre— Yo... supongo que tendría que pedirte disculpas por...
—Ana se fue, mamá. Nos divorciamos... ¿Me podés contar qué pasó?
—Pero...
—Mamá, contame de una vez.
Doña Celia tomó un sorbo de café y empezó a hablar.
—Yo estaba viendo la televisión, el nuevo programa de las amas de casa... ¿Cómo es que se llama? Bueno, empecé a escuchar gritos y espié por la mirilla de la puerta, ¿viste? Estaban... Estaba esa chica jovencita, estaba vestida medio... parecía una prostituta. Había dos tipos, uno la agarraba tapándole la boca, para que no gritara, el otro le pegó en la nuca con la parte de atrás de un revólver...
—La culata.
—Sí, la culata. La metieron adentro del departamento de al lado. Después a mí me pareció escuchar un zumbido... ¿Viste cuando en las películas alguien dispara con un silenciador? Bueno, no sé. Nunca había escuchado un disparo de esos... de verdad. Pero me pareció. Después los tipos salieron del departamento y se fueron. No escuché más nada. Estoy aterrorizada, Jorge.
—Pero mamá... ¿Por qué no llamaste a la policía?
—¿Estás loco? No, no sabía qué hacer. Te llamé a vos.
—¿Vos la conocías a la chica? ¿Vive al lado?
—Es nueva, hace poco se mudó. Yo no tenía trato con ella. A veces la veo llegar, siempre vestida así, ¿viste?. También a veces viene un muchacho, de la misma edad... tendrá unos veintipico.
Los personajes de las novelas de misterio se hacían carne frente a los ojos inquietos de Jorge. Empezó a buscar en su cabeza retazos de historias, páginas de sus libros que también se apilaban en todas partes. Pero los suyos eran todos novelas policiales. No era su género favorito, era su único género. Doña Celia leía de todo un poco, pero él siempre se había apasionado con las historias de misterio con asesinatos, estafas, crímenes pasionales, robos, policías corruptos, inspectores sagaces, jueces de toga y abogados que investigaban más de la cuenta y hablaban mucho.
Un crimen de verdad. Sentía un poco de miedo, pero a la vez estaba excitado. Un rato antes revisaba las aburridas páginas de los clasificados buscando un auto que se ajustara al precio que podía pagar, que no era mucho. Ahora estaba frente a un crimen. Sí, un crimen de verdad.
El espacio de silencio que se formó entre los dos le dio a doña Celia tiempo para acordarse otra vez de su nuera y preguntarse qué había pasado. Se había distanciado de su hijo por una vieja pelea con aquella mujer.
—¿Qué pasó con Ana?
No. Definitivamente Jorge no quería responder esa pregunta. No quería contarle a su madre que Ana lo había engañado con otro hombre, que él lo había descubierto, que ella lo había negado, que se había ido. No quería escucharla decir «Yo te lo dije». Ella no iba a decirlo, pero él pensaba que sí. Ella ya no quería pelear más. A punto de cumplir los setenta, estaba cansada.
—Hay que llamar a la policía —dijo él, que veía escurrirse la posibilidad de ser el personaje intrépido que descubre la verdad sobre el crimen, enfrentando peligros y corriendo sobre el filo de la cornisa. No; era sólo un aburrido empleado cuarentón que trabajaba ocho horas por día en un local del shopping por un salario mínimo, realmente mínimo. ¿Va a pagar con tarjeta o en efectivo? Podemos hacerlo en doce cuotas, sin interés. ¿Desea ver alguna otra cosa?
Mientras Jorge discutía con su madre qué hacer, la policía ya había sido avisada por alguien más. El patrullero de la Federal llegó unos minutos después, cuando ellos aún no habían descolgado el teléfono para llamarlos. Junto con la policía, venían las cámaras de la televisión, que olían la sangre desde la calle como perros entrenados. Ellos escucharon el ruido de las sirenas y se asomaron a ver por la ventana. Del auto con batidoras luminosas bajaron dos agentes de mediana edad, uno de ellos bastante excedido de peso.
Doña Celia encendió la televisión. Las noticias no tardaron en llegar:
«... La víctima sería una joven de 25 años, Rosa Márquez. Fue hallada con un disparo en la frente y la policía ya busca a los sospechosos, que serían dos personas del sexo masculino, aunque aún no habría indicios sobre los móviles del crimen...»
Jorge apagó el televisor.
—La hija de puta me cagaba, tenías razón. Encima lo negó, como aquella vez... pero yo lo sabía. Lo sabía.
Doña Celia se acordó de ese día, cuando la vio en aquel bar con aquel hombre y pensó... Su hijo nunca se lo había perdonado, hasta ahora.
—¿Preparo más café?
Los policías encontraron un sobre en el suelo, con el matasellos del correo público de la ciudad de Trenque Lauquen. La carta de los padres de Rosa, que estaba tirada cerca de la puerta de entrada del departamento, llevaba las huellas de una pisada Adidas número cuarenta y dos. La guardaron para que fuera revisada por la Policía Científica.
La joven yacía contra la pared que hacía de medianera con el departamento de doña Celia. Aún estaba vestida con la blusa blanca, los corpiños rojos que se traslucían y las minifaldas de jean, que usaba para recorrer las mesas en el bar de la avenida Córdoba. No era prostituta, sólo servía tragos. Trabajaba de moza mientras esperaba tener suerte en algún casting para la televisión. Nunca había tenido sexo por dinero. Tenía un novio dos años más grande que la engañaba. Nunca llegaría a saberlo.
Mientras la televisión seguía hablando y los policías entraban y salían del departamento de Rosa Márquez, doña Celia preparó más café y fue al reencuentro con su hijo. Esta vez no discutirían. Quizás aún no fuera tarde.
Buenos Aires, octubre de 2006.

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